Sobre Annapurna y Nuestra Dificultad para Respirar

Tres imágenes me vinieron a la mente al atravesar el Annapurna de Igor Barreto. La primera la compartió Martín Echevarría, miembro del grupo  emblemático Proyecto Cumbre. Le habíamos pedido que nos contara cómo se preparaban para escalar a 8 mil metros de altura. Nos explicó que la respiración se convierte en un hilo delgadísimo que te impide avanzar mucho más que unos pocos metros por día. Mientras luchas contra la altura, el frío y la nieve, te mantienes atado a la vida a través de la cuerda que conecta a todos los compañeros y ese delgado hilo de respiración. Si te caes, nos contó, es un esfuerzo enorme volverse a parar y corres el riesgo de tumbar a tus compañeros. Así que cada movimiento requiere rigor.

La segunda imagen es de Paul Auster, en La Habitación Cerrada[1], habla de Peter Freunchen, un explorador que quedó atrapado en medio de una tormenta de invierno. Para protegerse del viento y de los lobos se escondía en un iglú, pero pronto se dio cuenta que su aliento se congelaba rápidamente haciendo que las paredes del iglú crecieran. Poco a poco, su aliento iba confinándolo más y más. Su respiración construía, de bocanada en bocanada, su propia tumba.

La útlima es de Vaclav Havel, el dramaturgo, activista político y expresidente de la República Checa. En Historias y Totalitarismo, habla de un amigo que está preso por razones políticas durante la ocupación soviética y que sufre de asma. Las condiciones paupérrimas de su encierro agudizaron su condición hasta convertirse en un riesgo para su sobrevivencia. Una amiga del preso le escribe a periódicos occidentales buscando apoyo para hacer presión a favor de su amigo. Un editor le contesta que un preso político con asma no es una historia llamativa. “Llámenos cuando su amigo haya muerto”[2].

Si algo comparten los escaladores de las alturas y los poetas es la importancia que ocupa la respiración. La atención a ese mínimo aliento que marca la diferencia entre la vida y la muerte es quizás una buena definición de la poesía. En ese territorio nos mete Igor Barreto con su más reciente poemario: Annapurna, La montaña empírica (Fábulas de un funcionario). Igor extiende hasta el Tibet la exploración de un imaginario que ha desarrollado durante décadas, pero que había habitado sobre todo los parajes de los llanos, los solapamientos con la ciudad y los intersticios que esa combinación entreabre.

Pero este poemario, que en su presentación en la librería Lugar Común en octubre de este año, Antonio López Ortega apreció como un hito y una bisagra en la obra de Barreto, está lleno de recovecos y trampas. Una capa de ironía política atraviesa de manera brillante todo el texto. Y es que Igor confiesa que lo escribió como una manera de escapar del horror burocrático al que lo confinó este gobierno por no mostrarse adepto y genuflexo. Su original obra literaria, tiene demasiada luz y demasiada independencia para los encargados de la gestión pública bolivariana, razón por la cual lo fueron apartando y delegando a los rincones de oscuras tareas sin importancia. Tener a un poeta de su talla escribiendo cartas secretariales es una imagen contundente del desprecio que ha tenido este gobierno por la inteligencia. Barreto sufrió una de las tantas versiones de persecución política que hemos padecido en estos años, quizás asfixiante, no lo sabemos, pero difícil de erigir como bandera. No es fácil escribir un libro sobre la insignificancia burocrática y un funcionario sometido al despido indirecto. Barreto emprende la tarea sisifesca de meterse en ese ascensor. Quizás le sirvió su paso por el Retén de Catia, cuando en los noventa dictó un taller de poesía a los reclusos. En la presentación de un texto memorable “Cosas con plena libertad o sin ella”, Barreto cuenta que en ese taller escribieron como un “ejercicio de libertad, era una forma de abrir los ojos en el vacío.[3]

El ingenio del artista es crear con los materiales menos pensados e Igor decide aprovechar sus días de oficina gélida (¿por el aire acondicionado o por la inercia?) para viajar por el mundo con Google Earth. Es así que se topa con la mítica montaña del Annapurna y decide emprender la escalada metafórica a través de las imágenes de internet: “Yo estaba sobre el Annapurna y su peine negro y blanco/ o quizás en mi oficina con los ojos congelados en la pantalla del ordenador./ Hui a 10.000 a 20.000 m de altura y me aparté hacia el estancado/ desierto del Paquistán: o era mi rostro sobre papeles admnistrativos/ y la tarde alcanzada en los informes.”

Los pasillos del Ministerio del Poder Popular para la Cultura, los laberintos y el Annapurna se funden. Uno logra divisar el rostro de Igor en los cadáveres preservados por el hielo que se esconden en la montaña y en el poemario. De alguna manera continúan allí las preocupaciones de sus textos previos. Sigue su asombro por la indiferencia cruel de la naturaleza ante el atrevimiento absurdo y entrañable de la humanidad. Cuando conocí a Igor a través del taller de poesía del Celarg al que pertenecí en el año 1996, leíamos en voz de Alfredo Herrera su “Poema a la Muerte de un Caimán” en el que se encuentra una hebilla con las iniciales de un familiar dentro del estómago de la fiera: “En realidad/ el caimán/ no mató a nadie/ hay otro ser/ mayor/ que nos devora./ Tanto la víctima/ como el reptil/ fueron/ uno/ todo este tiempo.[4]

Los muertos y los cadáveres habitan siempre la poesía de Barreto, la mirada deslumbrada ante su arbitrariedad, la muerte estúpida e inapelable como forma de arte. Asimismo lo vuelven a acompañar los 173 miembros fallecidos de la Honorable Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, fundada en 1820, del cual él es su único vocal aún con vida, en la edición del libro. Porque Annapurna. La montaña empírica es también una pieza artística, con fotografías, dibujos, acotaciones y un diseño que va dejando pistas sueltas por el laberinto. Me imagino a Igor atrapado en uno de los ascensores de las Torres del Silencio, como un montañista a mitad de faena y pienso en su amor por las Confesiones de un Itabirano que reaparece hecho pico, al lado de una foto del Annapurna al comienzo del poemario. Suponía, cuando lo escuchaba recitar a Drummond Andrade, que algo de ese funcionario público, atrapado en la capital, extrañando a su pueblo de origen, reflejaba algunas de sus propias añoranzas.

Si la obra de Gallegos intentó moralizar sobre el contraste entre la civilización y la barbarie, la de Barreto, recoge la batuta pero ya para deslastrarnos de ilusiones modernas de progreso. Las oficinas públicas de la capital no son ni más ni menos que un tremedal. “Trabajo en el abismo,/ trabajo en el vacío,/ soy un funcionario/ cuasi-metafísico./ Llevo mi vida a secas/ en esta oficina/ donde una enredadera/ de malanga verde/ es lo inalterable”.

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Hemos salido de la barbarie de la naturaleza, pero la hemos reconstruido, laberíntica, sorda e implacable en la ciudad. La ideología se me antoja como otra versión del tremedal o de la montaña impávida que se traga a la gente y deja sus “cuerpos que piden ser reconstruidos” en el olvido, como en el poema “Urgente” ubicado significativamente un 11 de abril. En lo que me atrevo a denominar como poema político (Igor seguramente odiará el término) dedicado a “Gustavo Pereira” y a un enigmático “otros” que uno se imagina, un poema que describe un cadáver preservado a través del tiempo por el hielo. El cadáver es descubierto por un esclavo, de los que halaban las carretas y sostenían las coronas de laurel de los vencedores romanos, de los encargados igualmente de susurrarle a los ganadores “eres solo un hombre” para que los poderosos no enloquecieran de victoria. Este servidor se tropieza entre los versos con el cadáver y le preguntan “¿y qué es, buen auriga/ lo que se conoce como un escalador?”. El esclavo sentencia: “Un escalador, alteza, significa un ser con demasiada ambición/ y al que no le resta mucho por vivir.”

Dolido por la respuesta terriblemente insensible del periódico y la indiferencia del mundo occidental ante el sufrimiento de Checoslovaquia, Havel concluye que su pueblo era como su amigo encarcelado: sufría de asma. “No somos merecedores de atención porque no tenemos historias y no tenemos muerte”. De modo que para él, la tarea de los intelectuales era lograr relatar ese asma de manera que fuese una historia digna de contar. Lo expresa así: “uno no puede escribir eternamente sobre lo difícil que es respirar”.

Creo que el Annapurna de Barreto llega a las alturas, por el solo hecho de dejarnos sin aliento, por lograr registrar nuestra asfixia, mientras preserva entre sus páginas, para el futuro, el grito más claro y contundente de la barbarie absurda que hemos vivido y la mirada congelada de los cadáveres que perdieron su vida atrapados por la avalancha ideológica que les cayó encima mientras hacían esfuerzos por trepar.

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[1] Paul Auster, “The Locked Room”. Faber & Faber, 1987.
[2] Vaclav Havel, “Open Letters: selected writings, 1965-1990”. Vintage Books, 1992.
[3] Igor Barreto, “Espacios de libertad”, en el catálogo “Caballo de Troya”. Museo Jacobo Borges, 1997.
[4] Blanca Strepponi e Igor Barreto, “La Mirada que somos”. Espacios Unión, 1998.

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Publicado en Prodavinci el 1 de noviembre de 2013.